la tierra santa - revista bimestral de la custodia franciscana de tierra santa

03-04.1999 - versión online

NAIM Y EL "PEQUEÑO HERMON"


P. Julián Herrojo. Santo Sepulcro

La única vez que viene mencionado el pueblo de Naím en toda la Biblia es en el relato que hace Lucas de la resurrección del hijo único de una viuda (Lc 7, 11-17).

Mirando a la montaña de Nazaret y al Tabor, al pie del monte Moré, en su vertiente septentrional, está situada la aldea de Naím (Nein o Nen para los árabes, Nain en la versión griega de la Biblia y Na’im -que podría significar "agradable"- para el Talmud hebreo). "Si Naím es agradable y hermoso por el sitio, mucho más lo es por la presencia y el milagro de Cristo", dice Francisco Quaresmio en su Elucidatio Terrae Sanctae (1626). Y es que por ningún otro motivo se habla de Naím y se le conoce si no es por este milagro que narra exclusivamente Lucas y omiten los demás evangelistas.

El monte Moré, lleno de recuerdos bíblicos (Sunam, Endor, Naím, el juez Gedeón, Eliseo el profeta, el rey Saúl, Jesús...), llamado por los árabes Yébel (monte) Dahi, por razón de un santón musulmán de este nombre enterrado en su cumbre, se dice en hebreo moderno Giv’at ha-More, pero tiene también un nombre "cristiano": Pequeño Hermón, debido a que, estando frente al monte Tabor, al otro lado de la llanura de Yezreel, Orígenes (+254) lo identificó como el monte del que habla el Salmo 89 (88), 13:


"Tú creaste el norte y el sur,
el Tabor y el Hermón exultan tu nombre".

San Jerónimo (396) en cambio, contra lo que se dice habitualmente, no lo identifica como tal en su carta 108, pues se limita a decir que Sta. Paula "desde el Tabor contempló el monte Hermón y los Hermones... el Quisón... y Naím" sin equiparar pues los Hermones (Sal 41,7: probablemente un plural tal y como se dice "los Andes" o "los Pirineos") con el Moré.

Sea como fuere, lo cierto es que pasó a la tradición cristiana con este segundo nombre, a pesar de que el salmista está hablando, evidentemente, del verdadero y majestuoso Monte Hermón, en cuyas faldas nace el río Jordán, y sirve de límite natural a las tierras de Israel, Líbano y Siria. El contraste tan notorio entre los 2.814 m. del Hermón, que antes del cambio climático tenía nieves perpetuas, y los modestos 517 del Moré, junto a los más de 100 km. que los separa, deja bien patente lo impropio del apelativo "pequeño Hermón" dado al Moré. Si acaso, puede explicarse esta adaptación del Salmo por el hecho de estar ambos, Tabor y Moré, el uno frente al otro, a tan sólo 8 km. en línea recta, limitando ambos montes, por esta parte, la gran llanura de Esdrelón o Yezreel.

A diferencia del Tabor (562 m.), que se alza solitario y rotundo, el Pequeño Hermón es en realidad una pequeña sierra con tres alturas: el Yebel Adyarus, el Adyul y el Dahi, de formación basáltica, con 517 m. de altura máxima, y un constante y suave declive desde los 263 m. de altura que hay en el lugar donde está construida la capilla de Naím hasta llegar a los 101 m. de la parte más baja del Esdrelón, donde ahora unos estanques almacenan y distribuyen agua a la ya de por sí fértil llanura apodada "el jardín de Israel".

En la parte opuesta de la montaña está la bíblica aldea de Sunam o Sunem (hoy Sulam) donde el profeta Eliseo "de paso un día por Sunam" agradeció la hospitalidad de una piadosa mujer anciana con esta profecía: "Al año próximo, por este mismo tiempo, abrazarás un hijo". El niño nació, como había predicho el profeta, pero lo más singular del relato (II Re 4, 8-37) es que en este lugar, a menos de 4 km. de Naím, también Eliseo resucitó a este hijo único de la sunamita (que en este caso no era viuda), pues el niño, ya crecido, había muerto. La mujer fue hasta el monte Carmelo en busca de Eliseo, del que no quiso apartarse hasta conseguir que la acompañara hasta Sunam: "Llegó Eliseo a la casa; el niño muerto estaba acostado en su lecho(...) Subió luego y se acostó sobre el niño, puso su boca sobre la boca de él, sus ojos sobre los ojos, sus manos sobre las manos, se recostó sobre él y la carne del niño entró en calor (...) Así hizo hasta siete veces y el niño estornudó y abrió sus ojos".

El episodio es extraordinariamente parecido al de la resurrección del hijo de la viuda de Sarepta, al sur de Sidón, en Fenicia (I Re 17,8-24) donde el profeta Elías también recibió hospitalidad de una mujer, agobiada por el hambre, a la que profetizó: "No se acabará la harina en la tinaja ni el aceite en la orza hasta el día en que Yavé conceda la lluvia sobre la faz de la tierra". La profecía se cumplió y a la viuda y su hijo no les faltó alimento durante la sequía, pero el niño cayó más tarde enfermo y murió. Entonces Elías, después de implorar a Dios, "se tendió tres veces sobre el niño, e invocó a Yavé (...) y el alma del niño volvió a él y revivió".

Este episodio de la viuda de Sarepta sería recordado por Jesús en su predicación en la Sinagoga de Nazaret: "Os digo de verdad: muchas viudas había en Israel en los días de Elías, cuando se cerró el cielo por tres años y seis meses, y hubo gran hambre en todo el país; y a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda de Sarepta de Sidón" (...) "Oyendo estas cosas, todos los de la Sinagoga se llenaron de ira; y, levantándose, le arrojaron fuera de la ciudad (...) para despeñarle. Pero él, pasando por medio de ellos, se marchó".

Si no en Sarepta, porque no lo dicen expresamente los Evangelios, pero sí en la misma "región de Tiro y Sidón", obró Jesús otro conocido milagro: la curación de la hija de una mujer cananea (Mt 15,21-28) o sirofenicia (Mc 7,24-30), cuya fe alabó tanto Jesús: "-Oh mujer, grande es tu fe: hágase contigo como quieres. Y desde aquel momento quedó curada su hija".

Del mismo pueblo de Sunam era también Abisag, "la joven extraordinariamente bella que cuidaba y servía al rey David" en su ancianidad (I Re 1,3-4), unos 140-150 años antes de que Eliseo pasara por Sunam.

Estos tres lugares (Sunam, Naím y Sarepta) tienen, pues, en común estas tres cosas: el sufrimiento de una madre, la resurrección de un hijo y la intervención misericordiosa de Dios.

Si la anciana de Sunam y la viuda de Sarepta imploraron a los profetas Eliseo y Elías su auxilio y éstos accedieron a interceder invocando a Yavé, en Naím Jesús, como para manifestar la plenitud del Nuevo Testamento, se conmueve ante el dolor de la viuda e interviene sin que ésta le pida ayuda, manifestando así palpablemente que es Dios quien sale al encuentro del hombre, y no al revés, que la gracia divina antecede incluso a la súplica humana, que Dios no permanece impasible ante el sufrimiento y que la muerte no puede ejercer su dominio ante la presencia del que es la Vida.

"Después marchó a una ciudad llamada Naím; iban con él sus discípulos y mucha gente. Y al acercarse a la puerta de la ciudad, se encontraron con el entierro de un muerto, hijo único de su madre, que era viuda. La acompañaba una considerable multitud de la ciudad. El Señor, al verla, se compadeció de ella y le dijo: "No llores". Y acercándose, tocó el féretro. Los que lo llevaban se pararon. Entonces dijo: "Joven, yo te lo mando: levántate". El muerto se incorporó y se puso a hablar; y El se lo entregó a su madre. El temor se apoderó de todos, y daban gloria a Dios diciendo: "un gran profeta ha surgido entre nosotros, y Dios ha visitado a su pueblo". Y este rumor se propagó por toda Judea y por toda la comarca" (Lc 7,11-17).

Sin embargo, Naím no está en Judea, sino en Galilea, aunque tal vez Lucas quiera decir que la noticia llegó incluso a Judea, pues después de este episodio cuenta el de la embajada de los discípulos del Bautista para preguntarle: "¿Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?" llenando de sentido la respuesta de Jesús: "Id y contad a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los muertos resucitan..." (Lc 7,18-23).

Nadie ha puesto nunca en duda la identidad entre el Naím actual y el evangélico: la proximidad de Nazaret, el mantenimiento de la tradición, la identidad del nombre y la temprana mención de Eusebio de Cesarea en su Onomasticon (antes del 303) son sobradas garantías, a pesar de que Eusebio diga que "está a doce millas del monte Tabor, junto a Endor" y S. Jerónimo lo corrija equivocadamente diciendo que está a 2, cuando en realidad está a unas 6 millas romanas, o a 4 millas (7 km.) si se mide la distancia desde Dabburiye, la población situada al pie del Tabor, que recibe su nombre de la heroína, juez y profetisa Débora.

Sí hay, en cambio, dudas respecto de la identificación de Endor, el pueblo donde habitaba la pitonisa que consultó Saúl "cuando los filisteos acamparon en Sunam (...) y dijo a sus servidores: -Buscadme una pitonisa para que vaya a consultarla. Y le contestaron: -Aquí mismo, en Endor, hay una" (I Sam 28,4-7). Las opiniones sobre la localización de Endor están divididas entre Kh. Jadurah, Tell Abu Qudeis, Kh. Safsafeh y Tell el-Ajyul (o Agol) que es el que presenta mayor verosimilitud y es conocido hoy, por esta razón, como Khirbet Endor (ruinas de Endor), situado a tan sólo 3 km. al E de Naím, en la margen derecha de la carretera de Tamra, pueblo situado en una pequeña colina a 211 m. de altura, prolongación oriental de la sierra del Pequeño Hermón, desde donde puede ya divisarse la cuenca del Jordán y, al otro lado del río, los altos del Golán y los pueblos de la meseta jordana, es decir las tierras de Basán y de Galaad del Antiguo Testamento, separadas por el río Yarmuk, o la Gaulanítide y la Decápolis del tiempo de Jesús, cuyo territorio, este último, llegaba por Cisjordania precisamente hasta este lugar, pues la ciudad de Escitópolis (antigua y actual Beit-Shean o Beisán), situada en la margen occidental del Jordán, pertenecía también a esta confederación de ciudades libres. En el tell Agol se han encontrado algunas grutas funerarias y una fuente que mana del fondo de una caverna, que hace factible identificarla con En-Dor (Fuente de Dor o de la Vivienda). Debe rechazarse, en cambio, la localización en el actual asentamiento judío de Ein-Dor, hasta la guerra de 1948 poblado árabe, a 6 km. al sur del Tabor y 8 a oriente de Naím.

Cuando Santa Paula escribió a su amiga Marcela en el año 386 para animarla a que también ella viniera a su retiro de Tierra Santa le dice: "Veremos el pueblo de Naím, a cuyas puertas fue resucitado el hijo de la viuda, los Hermonin y el torrente de Endor".

Después de San Jerónimo volverá a hablar de Naím la famosa peregrina española Egeria (siglo IV), pues parece claro que de su Itinerario (conservado incompleto) procede este párrafo que copió Pedro Diácono en 1137: "En la villa de Naym, en la casa de la viuda cuyo hijo fue resucitado hay ahora una iglesia, y la sepultura en la que iban a enterrarlo permanece hasta hoy". Que de la casa de la viuda se hubiera hecho una iglesia, y hasta que madre e hijo y vecinos se convirtieran al "camino" de Jesús no es en absoluto extraño.

Después de Egeria hay una vacío de noticias de seis siglos hasta que, por el año 935, el patriarca de Alejandría Eutiquio deja constancia de que en Naím había una iglesia, precisando, además, que el pueblo se encuentra cerca de Fuljah, es decir Afula.

En cambio, la noticia que transmite Juan de Wirzburg (1165) de que el niño o joven resucitado fuera luego el apóstol Bartolomé hay que tenerla por piadosa fantasía más que por probable realidad.

El Anónimo de 1231, Burchardo (1283) y Odorico (1320) no transmiten ninguna nueva información, y los tres coinciden en recordar que el milagro tuvo lugar "en la puerta de la ciudad". La expresión de San Lucas puede entenderse en sentido literal o figurado, queriendo decir "a la entrada". Así se entendió durante mucho tiempo, dado que Naím es una pequeña aldea de la que no se podía esperar que estuviera amurallada ni, por otra parte, peregrino alguno habló nunca de sus murallas. Sin embargo, el viajero inglés H.B. Tristam, visitando Naím en 1864 dice que "los montones de ruinas y vestigios de paredes demuestran que era un pueblo amurallado", y a esta misma conclusión llegó un estudio elaborado en 1982 por la Universidad del Sur de Florida.

Fray Jacobo de Verona (1335) escribe que "la iglesia, construida en el lugar del milagro, está en ruinas; los sarracenos de aquella tierra son pésimos y causan muchas injurias y oprobios a los cristianos". Nicolás de Poggibonsi en 1347, viajando desde Sebaste (Samaría) hasta Naím, dice que se encontró con "los peores sarracenos que hay por todo el país, que parece que quisieran comerse a la gente, y se deben pagar 10 dracmas por cabeza. A la entrada de Naím, en su puerta, se hizo una bella iglesia en el lugar donde Ntro. Señor resucitó al hijo de la viuda". Por este siglo XIV circulaba, pues, la idea de que la iglesia se había construido sobre el lugar del milagro, y no sobre la casa de la viuda. Lo mismo repetirán Francesco Suriano (1485) y Bonifacio de Ragusa (1560), que confirma que la iglesia estaba, efectivamente, en ruinas. Imposible determinar cuál es la tradición más antigua, ya que hay un larguísimo período entre S. Jerónimo y el siglo XII, carente de noticias.

Fray Eugène Roger, franciscano médico de Fakardino dice, en 1664, que vivían allí "unas cien familias de Moros, tan salvajes como tigres, que es la causa de que los Cristianos vayan raramente a este lugar".

No sabemos en qué momento los musulmanes se apoderaron de la iglesia o sus ruinas para transformarla en mezquita, pero A. Rochetta dice haber visto en 1598, desde lo lejos, pues no se atrevió a entrar en Naím, "como un pequeño palacio" y Guérin, en 1875, dice que el mihrab, u hornacina hacia la que se dirige la oración, aún permanecía en el muro meridional (tal y como puede verse ahora, p.ej. en la sala del Cenáculo en Jerusalén), pues ya por estas fechas la propia mezquita había acabado también en ruina, construyéndose una nueva frente a la iglesia, que antecedió a la actual. Es interesante el dato que transmite el Survey of Palestine en 1883 de que los habitantes de Naím llamaban Mukân Sidna (la estación o parada del Señor) al santuario, teniendo en cuenta que, en 1838, sólo había en Naím una minúscula población cristiana de 10 griegos ortodoxos, extinguida a principios de siglo.

¡Que triste ironía la de Naím! Un pueblo tan pequeño, donde se hizo un prodigio tan grande, pero donde sólo las piedras y la etimología de las palabras, en vez de las personas, dan testimonio de Cristo. "Vino a los suyos y los suyos no le recibieron". Aún hoy día se percibe en Naím un ambiente, si no hostil, poco acogedor que, junto al hecho de no tener, hasta julio de 1998, calles asfaltadas con acceso hasta la iglesia, ha contribuido a que tampoco en nuestros días sea un lugar frecuentado por los peregrinos.

Los franciscanos, después de largas y difíciles negociaciones consiguieron comprar en 1880 las ruinas de la iglesia, comenzando de inmediato la construcción de la nueva por obra del guardián de Nazaret, Filippo da Montaltoveglio, el procurador de Tierra Santa, G. Baldi, y el "celoso y bien querido" dragomán de la Custodia, Pacífico Saleh, que tomó sobre sí la mayor parte de las contiendas y disputas con cuantos querían impedir a toda costa la obra. Afortunadamente la Providencia dispuso que el alcalde fuera "un honestísimo musulmán de óptimo corazón" que permitió tomar cuanta agua y piedras fuera necesario de la fuente y su entorno. Finalmente se bendijo la iglesia el 31 de Marzo de 1881.

La iglesia es sencilla y amplia. Tiene 16 m. de largo por 10,7 de ancho, con el presbiterio en ábside, del que cuelga un gran cuadro del barcelonés Fco. Torrescasana (+1918). Sobre la puerta de entrada hay otro cuadro, muy expresivo, con el mismo tema de la resurrección del joven, de autor desconocido, lleno de detalles y luminosidad.

El P. Bagatti (1965) dice que un pequeño espacio, al N. de la iglesia, se destinaba a enterramiento de los niños. La noticia que da Egeria (s. IV), transmitida por Pedro Diácono, de que "la sepultura en la que iban a enterrar [al niño] permanece hasta hoy" no debe sorprender en absoluto. En una población que se ha mantenido casi invariable en tamaño y extensión a lo largo de dos milenios no es fácil que haya cambiado un lugar tan estable de por sí como es un cementerio. Al S-E del pueblo está el cementerio y contiguo a él hay varias grutas excavadas en la roca, actualmente inservibles por los desprendimientos que las han arruinado, pero usadas antaño como funerarias, y en el recinto actual, a la entrada, hay también dos pequeñas grutas que se usan todavía hoy con este fin. Con toda probabilidad, por tanto, podemos decir que hacia este punto se dirigía la comitiva que felizmente interrumpió el Señor. Un sarcófago de piedra, de fecha indeterminada, colocado ahora junto a la iglesia, evoca el milagro de Naím.

En la actualidad, no habiendo cristianos en Naím ni en el entorno, los PP. Franciscanos de Nazaret se ocupan del mantenimiento y culto en la Capilla. Desde su inauguración hasta los años 70 se celebraban dos peregrinaciones anuales a Naím: el Jueves de la 4ª semana de Cuaresma y el XVº Domingo después de Pentecostés, y actualmente se celebra la Eucaristía tan sólo ocasionalmente.

BIBLIOGRAFIA Y FUENTES:

BAGATTI: Antichi Villaggi Cristiani, 261-272. - MEISTERMANN: Guide de Terre Sainte, 560-562. - ABEL: Géographie de la Palestine, II, 394. - GUÉRIN: Description de la Galilée, I, 115-117. - TRISTAM: The Land of Israel, 128. - ANCHOR, IV,1000-1. - BALDI: Enchiridion Locorum Sanctorum, 341-343. - ARCE: Itinerario de la Virgen Egeria, 152. - S. JERONIMO: PL 22, 491 y 889. - ORIGENES: PG 12, 1547s. - QUARESMIO: Elucidatio Terrae Sanctae, 851

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